Cuando los indecentes aúllan.

Asistir vía TV a las tertulias políticas, hasta hace poco, era un ejercicio de reflexión e información durante el cual —y atendiendo a los distintos argumentos—, uno trataba de hacerse una idea de los planteamientos y estrategias de futuro que nos exponían quienes tenían la ambición de timonear la sociedad y afrontar los retos que afligen nuestro bienestar.

debateCon paciencia y esfuerzo, el espectador valoraba la seriedad y sensatez de los contertulios que debatían, la viabilidad de sus propuestas, la credibilidad de sus proyectos.

Cuando el programa terminaba, la sensación de tener nuevos datos como ingredientes de la íntima reflexión que debe preceder a toda decisión, hacía que el tiempo dedicado a escuchar a los profesionales de la política le había proporcionado algo, le había enriquecido.

Hoy ya no es así.

Los debates políticos en televisión se han convertido en una cacofonía repugnante de falsedades repetidas, de insultos denigrantes, de asquerosas actitudes prepotentes. Todos gritan y nadie escucha; las frases huecas, las mentiras flagrantes, las difamaciones más vergonzosas se han enseñoreado de los platós y los moderadores de los programas han sufrido una penosa derivación hacia el show mediático, desvirtuando la necesaria seriedad de un espacio que no debería ser un circo grotesco, sino un ágora de sensatez.

Rufianes, canallas y mentirosos pugnando por tener la última palabra en un rifirrafe propio de bellacos (escondiendo sus maldades mientras apuñalan el sentido común de una sociedad harta de ser castigada por su ineptitud y sadismo criminal) logran que el espectáculo de sus miserias morales se convierta en yesca de la indignación popular, a la que han tratado de sedar con mañas de trilero, cuando no la amordazan mediante el chantaje económico de unas sanciones administrativas que vulneran la soberanía y derechos de los que financiamos su derroche y prepotencia.

TV polliticaAsistir desde el sofá de mi hogar a la verborrea impúdica que quienes pretenden vivir de mis impuestos, calumniando al adversario mientras niegan lo evidente, me envenena el alma.

Entiendo que los medios de comunicación han de atender a sus puntos de share y defender sus intereses económicos y cuotas de publicidad (amenazadas hoy por las prácticas chantajistas del Gobierno), pero también creo que no pueden inhibirse de su responsabilidad en la difusión del esperpento indigno en el que se han convertido muchos de sus programas de debate.

Si los profesionales que dicen conducirlos no se sienten capaces de atajar las payasadas de sus invitados, pueden ofrecer esa tribuna pública a personajes con más enjundia moral u optar por dejar de llamarse “periodistas” y asumir que sólo son showmans mercenarios que mendigan audiencia y la limosna benevolente del partido gobernante.

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